El reciente anuncio de que muchos vuelos desde distintos destinos de Norteamérica y otras partes del mundo han sido cancelados y el impacto del aumento de precios en los pasajes aéreos, traen nuevamente a discusión la viabilidad del crecimiento del sector turístico nacional, sometido a diversos tipos de fragilidades externas e internas.
A nivel mundial, el turismo es el segundo mayor negocio, siendo responsable del 11% del PIB mundial.
En la actualidad, en 11 de los 12 países en los que se localiza el 80% de la población más pobre del mundo, es decir, personas que subsisten con menos de un dólar al día, la actividad turística se ha convertido en su principal fuente de divisas. La Organización Mundial del Turismo (OMT) estima que un número de viajeros superior a los mil millones en 2010, cifra que se incrementará hasta los 1600 millones en 2020, realizarán algún tipo de actividad incluida dentro de este renglón de la economía.
Para la República Dominicana, el turismo representa uno de los principales renglones de la economía: generador de divisas, empleos e infraestructuras. Entre 1980 y el 2000 pasó de representar el 1.3% del PIB al 6.8%, llegando a generar más de 63 mil empleos directos en el 1999, aunque en l actualidad ha disminuido a cerca de 44 mil empleos, y unos 110 mil empleos indirectos, que sumados representan el 5% del total de la población económicamente activa. De estos más del 50% son mujeres. En el 2005, los ingresos por concepto de turismo alcanzaron los US$3,508.3 millones, superando las exportaciones nacionales y las remesas.
El desarrollo turístico dominicano ha sido el resultado de la combinación de factores internos y externos, como son las facilidades de inversión creadas por el Estado dominicano, la inversión extranjera, el auge del turismo de masas y los atractivos propios de una isla caribeña con mínimo impacto de los cambios ambientales y climáticos y relativa seguridad. En los últimos 25 años la República Dominicana se ha convertido en uno de los destinos favoritos en la zona del Caribe.
Desde que, en los primeros años de la década de los 70s, el gobierno dominicano adoptó una serie de mecanismos legales para potenciar la “industria sin chimenea”, el turismo se ha vendido como la panacea a los problemas de pobreza del país. No obstante la tan esperada prosperidad, que aún no llega para el pueblo, cada cierto tiempo se ve amenazada por diversos factores coyunturales que ponen en riesgo el endeble auge turístico nacional, obligando al Estado a implementar medidas urgentes para auxiliar la ya no tan joven ni tan dominicana actividad empresarial.
Lo cuestionable no es que un negocio consolidado tenga que ser ayudado cada cierto tiempo por el Estado, sino que no se ha apuntado a resolver problemas estructurales del modelo turístico, implementado a imagen y semejanza del negocio turístico ibérico, de donde proceden la mayor parte de los capitales.
A diferencia de la indolencia frente a los problemas de fondo del negocio turístico en República Dominicana, en España se ha hecho un gran esfuerzo para rejuvenecer la oferta y seguir la dinámica de la demanda global.
Una activa dinámica de reflexión sobre el turismo ha aportado nuevas perspectivas sobre la problemática del agotamiento del modelo turístico desplegado en las décadas recién pasadas, sobresaliendo el criterio de que sólo tienen futuro los destinos turísticos con una oferta diversificada, con nuevos productos dinámicos, correctamente comercializados y adaptados a los cambios de la demanda.
Es un lugar común el convencimiento de que los destinos con productos maduros e indiferenciados, exclusivamente de sol y playa, tendrán muchas más dificultades para mantenerse en el mercado, aún cuando algunos estudios han verificado que existirá un turismo de sol y playa independientemente del agotamiento o no del “viejo turismo”.
La necesidad del cambio, a partir de las limitaciones del modelo implementado, debe reforzarse con la visión de algunos pensadores como Rifkin (2000) que propone el establecimiento de un “Movimiento desde la producción industrial a la producción cultural”, en el contexto del proceso de cambios en que “el tiempo de ocio ha pasado a ser fundamental, y la existencia de formatos, contenidos y realidades para llenar este tiempo de ocio se ha convertido en cotidiana.”
Estos cambios que también se han verificado en la apreciación colectiva del tiempo obligan a la instauración de una industria destinada a satisfacer expectativas a través del consumo de productos en tiempo de ocio. Con lo cual puede y debe generarse una amplia gama de productos de ocio como mecanismo para la satisfacción integral del tiempo libre.
Esto quiere decir que si anteriormente el trabajo ha sido el factor que ha fundamentado la sociedad contemporánea, en adelante el eje vertebrador pasará a ser el ocio, por lo menos en una parte importante del primer mundo que es nuestro principal mercado de consumidores turísticos. El reino del ocio ha indiferenciado la cultura con el turismo, el arte, la educación, los medios de comunicación, la arquitectura, las compras y el deporte.
De tal suerte que es necesario hacer conciencia en el empresariado turístico vinculado al país que los nuevos segmentos de demanda estarán protagonizando la segunda revolución del turismo, sintetizada en el tránsito desde la estancia turística centrada en el sol y la playa a la estancia que incorpora el consumo de productos de ocio como elementos fundamentales de satisfacción.
Lo que puede preverse es que en el futuro, y en muchos lugares en el presente, el turismo de masas se mantenga, pero adoptando formas distintas, en las que el precio ya no será el elemento crítico. Se requiere el surgimiento de una tercera generación de centros vacacionales caracterizados por un mayor grado de planificación, control y calidad, combinados con exotismo y diversiones más sofisticadas y variadas.
Sólo así estaremos en condiciones de ser tomados en cuenta en la configuración del paradigma del nuevo turismo, que estará sustentado por un turista más experimentado, respetuoso del medio ambiente y más flexible e independiente, que desea ser considerado de manera individualizada, en contraste con el viejo turismo masificado y homogéneo.
Algunos estudiosos han comenzado a hablar de un turista post-fordista, que manifiesta un rechazo a ciertas formas del turismo de masas y que está generando un mercado turístico cada vez más segmentado, apoyado en grupos con intereses y necesidades diferentes que demandan formas más activas, tanto física como culturales e individualizadas.
La dinámica mundial que se ha estado configurando en el sector turismo ha comenzado a caracterizarse por el incremento en el número de viajes, el decrecimiento en el tiempo de estancia en los destinos, la atracción por destinos lejanos y más sofisticados, deseo de nuevas experiencias y por una menor fidelidad a los destinos, aunque todavía es muy temprano para evaluar cómo impactan en estas tendencias la crisis petrolera y los altos precios del transporte aéreo y demás servicios vinculados al negocio.
Estas transformaciones que se han estado produciendo en el marco de los cambios socioculturales que se están operando a nivel global, implican una sofisticación en el consumo, importantes transformaciones en el empleo de las nuevas tecnologías de la información y comercialización, así como un grandioso salto en la calidad del servicio, para cuya asunción parecería que no disponemos de suficientes recursos.
Deberíamos entonces explorar otras vías para potenciar la industria turística nacional y enfrentar definitivamente sus problemas estructurales y no seguir poniendo parches coyunturales.
Hasta ahora ha primado el precio como un motivo principal para la escogencia del país como destino turístico. En la nueva realidad del negocio turístico, se han ido incorporando otros factores, muchos de ellos intangibles, que el turista toma en cuenta a la hora de escoger su destino vacacional y que tienen que convertirse en nuestro gran desafío.
La diversidad de factores tomados en cuenta por los viajeros obliga a las empresas turísticas a concentrar esfuerzos en la consecución de los llamados recursos intangibles. Se trata de recursos generadores del conjunto de competencias básicas distintivas necesarias para crear y sostener ventajas competitivas.
Son los “… recursos con los que es capaz una empresa de ir nutriéndose a lo largo de su experiencia vital como agente proveedor de productos y servicios…”, entendida la empresa como un conjunto de recursos y capacidades cuya principal fortaleza es basar su estrategia en sus ventajas competitivas sostenibles en recursos y capacidades. Estos recursos intangibles están integrados por el capital humano, prestigio, habilidades, rutinas organizativas y conocimientos internos (imagen de marca, relaciones y redes), conocimientos tácitos (know-how) y las competencias. Integran la capacidad distintiva, un activo que es difícil de imitar por la competencia, aportando la diferenciación del producto o servicio.
Para el logro de éstos intangibles se requiere mayor participación del pueblo dominicano en la propuesta del país, que es el único que puede aportarle su sello propio de hospitalidad y creatividad. Pero sólo una redistribución de los ingresos, que hasta ahora se han quedado en una cadena vertical de inversionistas, podría entusiasmar y dinamizar al sector, diversificando la oferta.
De ahí que sea una necesidad la incorporación de una nueva cultura organizativa en el negocio turístico, capaz de construir un perfil de empresa tipo que desarrolle su actividad en el ámbito de los servicios turísticos desde la vertiente de los intangibles: una amplia participación popular, apostando a la calidad del servicio y la reputación, sobre la base de la satisfacción, el respeto y la fidelidad a los clientes.
De ahí la conveniencia de que el Modelo Turístico implementado en el país se encuentre con esta perspectiva procurando que el volumen de visitantes pueda ser acompañado por una oferta que, además de sol y playa, incorpore los intangibles nacionales, además de una masa crítica de alternativas recreativas, asumiendo la modalidad o el carácter multimodal, que incorpora deportes, cultura, aproximación a la naturaleza y el aprovechamiento para uso residencial y otros tipos de actividades de ocio.